jueves, 3 de julio de 2014

La revolución digital y la crisis lectora

Javier Rodríguez, Los Silos

No seré el primero ni el último que se pregunte por qué hoy por hoy, inmersos en un sistema de comunicación inmediata y fluida, tenemos tantos problemas con el fomento de la lectura. 

Campos como la sociología, la lingüística o la psicología han intentado arrojar algo de luz sobre esta problemática, sin embargo, los estudios hasta ahora realizados no han trabajado -al menos en profundidad- la influencia que ejercen los medios digitales en el acercamiento a la palabra. La cultura de masas, nacida de las macroestructuras económicas capitalistas, ha intentado crear ilusiones, sueños, estereotipos y modelos generales para aplicarlos al ciudadano de clase media. La estrategia está clara, globalizar obviando y diversificar mintiendo. En el ámbito de las redes sociales y las plataformas virtuales la metodología no es muy distinta. Con los años se ha producido una masificación de la información, porque las técnicas e instrumentos para compartirla nos aportan facilidad y rapidez. Ahora bien, ¿somos realmente conscientes de cómo gestionar, presentar o afrontar la información? Hace cuarenta años lo que se leía venía encuadernado, con una edición cuidada y con una presentación ligeramente sencilla. Ahora en una página web la información está llena de “ruido”, y entiendo por ruido los anuncios publicitarios de los laterales, los colores de fondo, las ventanas desplegables, los efectos de imagen y sonido, el tipo de letra, los botones de acceso, los títulos y subtítulos… al fin y al cabo, el miedo al vacío.


A nivel mental, todos estos “elementos ruidosos” tienen que convivir con el texto principal, anquilosados como aparentes metatextos que luego no lo son y que contaminan nuestra concentración y entendimiento. Esto lo apreciamos fácilmente cuando los periódicos digitales presentan su panorama informativo, exclusivamente formado de imágenes y encabezados -con sus correspondientes espacios publicitarios-. El lector no se molesta siquiera en abrir las noticias, sino en leerlas desde la distancia, entresacando lo sucedido a partir de la foto y el titular. ¡Y aquí está el problema! El lector en potencia no se consolida, sino que se convierte en espectador, en un sujeto pasivo que se alimenta de pequeñas “píldoras de información”. En cuanto esos comprimidos se muestran desarrollados, el consumidor los deniega. 

En los estudios de las patologías, los psicólogos nos han hablado de que, si existen lesiones patentes en las denominadas áreas cerebrales encargadas del lenguaje y la comprensión externa, el paciente sufre ciertos trastornos que le imposibilitan una relación comunicativa normal con sus semejantes: 
  1. Si se lesiona el área de Broca, la persona no puede hablar, y se detectaría un caso de “afasia” (del griego a-phásis: sin palabra).
  2. Si se lesiona el área de Exner, el paciente no puede escribir, y se detecta una “agrafía” (del griego a-graphía: sin grafía).
  3. Si se lesiona el área de Wernicke, la persona no puede entender lo que oye, y se produce una “sordera verbal” (en griego a-gnosía: desconocimiento).
  4. Y por último, si se lesiona el área de Kussmaul, el paciente no puede entender lo que lee, por lo que se produce una “alexia” (en griego a-léxis: sin palabra).
Estas cuatro lesiones o traumas responden a una lesión orgánica real en el cerebro, pero, en la sociedad de las “píldoras”, cada vez hay más estudiantes que no entienden las palabras de un profesor, cada vez entienden menos lo que leen, cada promoción escribe menos y en peores condiciones, y su léxico es de apenas quinientas palabras. Luego, tenemos una sociedad afásica, ágrafa, sorda y ciega, y la estructura mental humana debe adaptarse a “asimilar” un gran volumen de información sin apenas comprenderla.