Daniel Pinelo
“¿Votar?
¿Para que nos roben? Para eso me quedo en casa.” Frases como esta, muy comunes en estos tiempos revueltos, indican
el elevado grado de indignación que posee la sociedad española respecto a sus
representantes en las administraciones públicas. La crisis económica,
convertida en una crisis social y de valores, amenaza con provocar profundos y
preocupantes cambios en nuestro sistema político. Sí, preocupantes; porque
modificar para bien el funcionamiento del Estado requiere tiempo y diálogo. Sin
estos dos requisitos, el resultado puede ser terrible.
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| Foto: Público |
Según el barómetro electoral de Metroscopia para El
País, de este mes de mayo, la
intención de abstenerse en las elecciones generales, de celebrarse ahora, se
sitúa en el 25 %. ¡En el 25
%! Un cuarto de los españoles con derecho a voto se quedaría en casa. Estamos
hablando de un porcentaje de intencionalidad que supera al que el sondeo
atribuye a PP y PSOE juntos, que apenas sobrepasa el 19%. También bajan,
respecto al porcentaje real de voto de las elecciones de 2011, los partidos
nacionalistas (o independentistas) catalanes, vascos y valenciano; esto es,
Ciu, PNV, Amaiur y Compromís. Mientras
el bipartidismo se derrumba, la izquierda de Cayo Lara y el potaje upeydiano de Rosa Díez se postulan como
alternativas a un sistema
que, a finales de 2015 (si no nos llevamos una sorpresa antes), puede engendrar
un Parlamento muy heterogéneo, incapaz de elegir a un presidente del Gobierno.
Ya pasó en Italia hace unos meses… y miren cómo acabó.
Es más que evidente
que los ciudadanos demandan un cambio de rumbo en la forma de hacer política.
No quieren ser seres inanimados cuya capacidad de hablar se reduce a una vez
cada cuatro años. En la calle se piden continuamente lista abiertas,
referéndums, consultas y más interacción entre el político y el ciudadano de a
pie. Pero, ¿cómo puede conseguirse estos si un 25 % de los españoles no iría,
ahora mismo, a votar en unas elecciones generales? Si reclamamos
una mejor democracia, debemos dar ejemplo en las urnas. Quedarse en casa
implica todo lo contrario, la antítesis del poder del pueblo, que lo regala
como un juguete viejo. Si se está en
desacuerdo con las políticas del Gobierno, lo que se debe hacer es votar a otra
candidatura que pueda reconducir la situación. Si se cree que la oposición no
ofrece las alternativas adecuadas, el resultado debe ser el mismo: votar a
otros. Lo que no se debe hacer, en ningún caso, es dar carta blanca a estos
partidos mediante la abstención. Porque, si no vamos a votar, ¿a quién elegimos
para que arregle por nosotros este desaguisado?

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