jueves, 23 de mayo de 2013

Religión en las aulas

Daniel Pinelo

Hoy quiero compartir una pequeña reflexión sobre la polémica que está creando en la opinión pública la nueva ley educativa y el papel que la asignatura de Religión tendrá en la misma.

Como es sabido por todos, en 2º de Bachillerato se cursa una asignatura común, independientamente de la rama que se escoga, llamada Historia de la Filosofía. En 2011, cuando me tocó cursar 2º, tuve que estudiar y examinarme obligatoriamente sobre unos autores que decían que Dios había muerto o que la religión era el opio del pueblo. Además, del resultado de esos exámenes podía depender el futuro de cualquiera para acceder o no a una determinada carrera. Incluso, era materia de examen en la PAU (también es cierto que, en ese caso, podíamos decantarnos por Historia). Ni a mí como creyente, ni a ninguno de mis compañeros se nos preguntó si estudiar a esos filósofos podía chocar con nuestra libertad de conciencia religiosa. A pesar de esto, me siento orgulloso de haber estudiado en una escuela y en un instituto público. Los pensamientos de Marx y Nietzche siguen impartiéndose, y creo que la nueva ley no cambiará eso. Tampoco me parece necesario que lo haga. Pero, entonces, ¿por qué molesta a tanta gente ahora que a un judío, un musulmán, un evangélico o un católico se le pueda evaluar libre y voluntariamente sobre sus conocimientos religiosos y que esa nota cuente para su futuro? Sus compañeros que también, libre y voluntariamente, hayan decidido cursar la nueva asignatura de Valores Culturales, serán evaluados de la misma forma. ¿Por qué siempre se le ataca al mismo colectivo de personas que, además, es mayoritario en nuestro país?

sábado, 18 de mayo de 2013

La abstención no sirve

Daniel Pinelo

“¿Votar? ¿Para que nos roben? Para eso me quedo en casa.” Frases como esta, muy comunes en estos tiempos revueltos, indican el elevado grado de indignación que posee la sociedad española respecto a sus representantes en las administraciones públicas. La crisis económica, convertida en una crisis social y de valores, amenaza con provocar profundos y preocupantes cambios en nuestro sistema político. Sí, preocupantes; porque modificar para bien el funcionamiento del Estado requiere tiempo y diálogo. Sin estos dos requisitos, el resultado puede ser terrible.
Foto: Público

Según el barómetro electoral de Metroscopia para El País, de este mes de mayo, la intención de abstenerse en las elecciones generales, de celebrarse ahora, se sitúa en el 25 %. ¡En el 25 %! Un cuarto de los españoles con derecho a voto se quedaría en casa. Estamos hablando de un porcentaje de intencionalidad que supera al que el sondeo atribuye a PP y PSOE juntos, que apenas sobrepasa el 19%. También bajan, respecto al porcentaje real de voto de las elecciones de 2011, los partidos nacionalistas (o independentistas) catalanes, vascos y valenciano; esto es, Ciu, PNV, Amaiur y Compromís. Mientras el bipartidismo se derrumba, la izquierda de Cayo Lara y el potaje upeydiano de Rosa Díez se postulan como alternativas a un sistema que, a finales de 2015 (si no nos llevamos una sorpresa antes), puede engendrar un Parlamento muy heterogéneo, incapaz de elegir a un presidente del Gobierno. Ya pasó en Italia hace unos meses… y miren cómo acabó.

Es más que evidente que los ciudadanos demandan un cambio de rumbo en la forma de hacer política. No quieren ser seres inanimados cuya capacidad de hablar se reduce a una vez cada cuatro años. En la calle se piden continuamente lista abiertas, referéndums, consultas y más interacción entre el político y el ciudadano de a pie. Pero, ¿cómo puede conseguirse estos si un 25 % de los españoles no iría, ahora mismo, a votar en unas elecciones generales? Si reclamamos una mejor democracia, debemos dar ejemplo en las urnas. Quedarse en casa implica todo lo contrario, la antítesis del poder del pueblo, que lo regala como un juguete viejo. Si se está en desacuerdo con las políticas del Gobierno, lo que se debe hacer es votar a otra candidatura que pueda reconducir la situación. Si se cree que la oposición no ofrece las alternativas adecuadas, el resultado debe ser el mismo: votar a otros. Lo que no se debe hacer, en ningún caso, es dar carta blanca a estos partidos mediante la abstención. Porque, si no vamos a votar, ¿a quién elegimos para que arregle por nosotros este desaguisado? 

martes, 14 de mayo de 2013

Tradiciones en decadencia

Rommel Hernández, Tegueste

Año tras año, y bien entrada la primavera, comienza la temporada de romerías en Canarias. Son acontecimientos que dan cita a miles de personas, que disfrutan de un día diferente entre folías, gofio amasado y buen vino de la tierra.

Son festejos en los que llevar la indumentaria tradicional parece de obligado cumplimiento. En las romerías podemos observar bellos trajes de mago y de maga de muchos puntos de la geografía de las islas. Trajes de campesino y trajes de gala que iluminan las fiestas y las dotan de su inigualable color.

Aunque muchos de nuestros humildes antepasados no tuvieran la oportunidad de vestirse de mago,  sus descendientes visten hoy muchos de estos trajes. Muchos de ellos hoy también se permiten el lujo de romper con la “armonía” de una de las señas de identidad de nuestra cultura.

La plaza de San Marcos en la Romería de Teguste
Es indignante observar las extrañas combinaciones de elementos de la indumentaria tradicional. Como ejemplos, corsé de lencería con falda de maga o camiseta sin mangas con pantalón de mago. Y también aquellos trajes que para nada se corresponden con los de ningún lugar en concreto, sino comprados “para salir del paso”. Peor aún es ver miles de personas en una gran romería sin indumentaria tradicional.

Muchas voces se alzan en contra de vulnerar las tradiciones. Algunos expertos en indumentaria tradicional canaria afirman que a las romerías se debe ir con el traje tradicional. Incluso, llegan al extremo de reclamar un “cordón sanitario” que impida a aquellas personas que no están correctamente vestidas entrar a la romería. Esto último sería un ingente gasto de dinero y de personal para controlar romerías como la del domingo pasado en Tegueste, con más de 40.000 asistentes.

La defensa de este cordón sanitario llega también como respuesta a los altercados que se producen en las romerías. Unas celebraciones que empezaron como conmemoración de los habitantes de un pueblo a su patrón, pero que ahora han pasado a convertirse en macrobotellones con graves alborotos. Es obvio que en un lugar con miles de personas mantener la armonía sea difícil. Pero en una romería, con mucho alcohol de por medio, los altercados están a la orden del día.

Sin ir más lejos, en la pasada romería de Tegueste se registraron varias peleas con resultado de heridos de diversa consideración. El único suceso que trascendió fue el de un conocido matrimonio teguestero que fue atacado y pataleado sin razón alguna por varios jóvenes. El clima de opinión a raíz de este suceso en la Villa es unánime: más control policial. Al parecer, los 200 efectivos desplegados no fueron suficientes ni para controlar los altercados ni para que los romeros cumplieran con la normativa que prohibía hacer barbacoas. Tampoco para evitar a decenas de menores ebrios deambulando por las calles o a algunas personas realizando actos impúdicos en cualquier esquina.

Como muchos políticos y veteranos romeros han afirmado en multitud de ocasiones, las romerías “no pueden morir de éxito”. Las faltas de respeto a la indumentaria se seguirán produciendo. Los sucesos de diversa consideración también. Sería muy chocante prohibir o multar a aquellos incorrectamente vestidos. Estaríamos “elitizando” las romerías, dando acceso solo a aquellos que cumplen con un código más o menos estricto de indumentaria. Más control policial evitaría muchas cosas indeseables. Pero, ¿cómo acercarnos más al espíritu que motivó las primeras romerías? La respuesta la tienen los verdaderos romeros.