miércoles, 31 de julio de 2013

Antoni y la grandeza del hombre

Sales del metro bajo un sol abrasador, te das la vuelta y ahí está. Muchos calificativos se le podrían poner al símbolo universal de Barcelona, al monumento más visitado de España (según datos de 2011) y a una verdadera maravilla del ser humano. Más allá de su estampa más conocida, la de la fachada del Nacimiento (imposible de describir para un servidor), consigues rendirte a la grandeza del ser humano cuando, tras atravesar el pórtico de la Caridad (en la fachada de la Pasión), te detienes y giras lentamente la cabeza hacia arriba, hacia un cielo infinito transformado en un bosque de columnas y bóvedas. Inconcebible.

Cuando en 1883, un año después del inicio de las obras, Antoni Gaudí cogía las riendas del diseño del templo expiatorio de la Sagrada Familia, seguramente no se imaginaba la trascendencia universal que iba a tener su inusual proyecto. El arquitecto de Reus murió en 1926 tras ser atropellado por un tranvía, cuando aún trabajaba en los planos de la iglesia. Sin embargo, con Gaudí no murió el deseo de ver finalizadas las obras de la Sagrada Familia. En 2010, el papa Benedicto XVI consagraba el templo como basílica, una vez acabadas las cubiertas. Con el 60 % del trabajo hecho, se espera que la gran obra de Antoni Gaudí esté terminada en 2026, coincidiendo con el centenario de su muerte. Mientras tanto, el cuerpo del catalán permanece en la cripta de su basílica, mientras esta se eleva y eleva hacia los cielos.




























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