Como si de una noria se tratase, el patriotismo español aflora por ciclos. Está demostrado que una victoria de la selección de fútbol en partidos trascendentes (a las que por cierto, ya nos tienen malacostumbrados) hace despertar nuestro orgullo de nación. Baste la consecución del Mundial de 2010 como ejemplo. Sin embargo, tenemos que ser cautelosos y no alargar demasiado ese patriotismo, no vaya a ser que nos tilden de fachas (o, lo que es lo mismo, de fascistas) por sacar la rojigualda a la calle cuando no corresponde. La presencia de Italia en esta Copa Confederaciones que está a punto de finalizar me ha servido para fijar mi atención en los instantes previos a sus partidos, cuando por la megafonía del estadio suena Il Canto degli Italiani. Qué suerte tiene Gianluigi Buffon. A él seguro que en su país no lo llaman facha por cantar a grito pelado esa hermosura de himno. Ni a ninguno de sus compañeros. Pero, ¡ay!, qué sería del capitán de La Azzurra de haber nacido en España. Muchos no hubieran tenido piedad si le diera por ponerse la mano en el pecho al sonido de la Marcha Real. ¡Y eso que no tiene letra! Puede que Italia tenga que aprender de nosotros a jugar bien al fútbol, pero en coherencia nacional nos llevan años de ventaja.
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