Daniel Pinelo, Los Silos
Nuestra isla alberga importantes muestras de arquitectura
tradicional y señorial. Muchas de ellas, con un gran valor patrimonial, pasan
desapercibidas para ciudadanos e instituciones, cayendo incluso en el olvido.
En Buenavista del Norte, al noroeste de Tenerife, se encuentran dos claros
ejemplos de estos edificios, con claras diferencias entre uno y otro. Los
visitamos.
El adelantado Alonso
Fernández de Lugo cedió a Diego de Cala, en 1498, unas tierras situadas en la
Fuente del Cuervo. En 1501, esas tierras
pasan a manos de Juan Méndez, el Viejo, quien establecerá allí la
Hacienda de La Fuente y fundará, en 1513, el pueblo de Buenavista, cuya
distribución urbana se articuló a partir de esa hacienda.
El tiempo ha hecho mella
en la finca, y lo que en su día fue un esbelto edificio, símbolo de la nobleza
buenavistera, hoy no es más que una casa ruinosa y marginada por el colosal
hotel de lujo que le hace sombra justo a su lado.


Los cristales arrancados
de las coquetas ventanas de madera yacen en un suelo empedrado con callados de
la costa que es devorado por el matorral que rodea la casa. A lo lejos se
escuchan los ladridos de los perros, atentos al mínimo movimiento que viole la
tranquilidad del lugar. Las moscas revolotean el camino, mientras los lagartos
cruzan atemorizados entre la maleza.
A pesar de todo, el ruido
de la maquinaria de obra nos invita a ser optimistas de cara al futuro. Hay
movimiento dentro de la hacienda. Está en marcha el rescate de un pilar
fundamental en la historia de un pueblo. Brindemos por ello.
De camino a Los Silos, al pie del macizo de Teno,
nos encontramos con San Juan de Taco, otra hacienda del pasado de Buenavista,
que comenzó a edificarse en 1591. Por lo menos, a primera vista, se aprecia una
mejor conservación del inmueble que el de La Fuente. El problema es que, en
este caso, vecinos y visitantes no podremos acceder a ella, por lo menos, en
algún tiempo. Su titularidad privada nos lo impide. Casas llenas de arte y
abandonadas. Grave paradoja.
Las moscas son, también
aquí, las guardianas del lugar. Pareciera que nos quieren echar de Taco, porque
la hacienda les pertenece. Alguna abeja también se cruza en el camino, pero sin
ánimo de molestar. Los perros, resignados a luchar contra el sofocante calor,
toman el sol detrás de sus celdas.
El
tiempo se detiene en Taco. Nosotros nos vamos, con cuidado, temerosos de romper
el hechizo. De donde no queremos marcharnos es de este mundo sin poder
contemplar las entrañas de esta casona y desempolvar la historia que guarda en
su interior.