martes, 2 de abril de 2013

Dos hermanas, dos mundos

Daniel Pinelo, Los Silos

Nuestra isla alberga importantes muestras de arquitectura tradicional y señorial. Muchas de ellas, con un gran valor patrimonial, pasan desapercibidas para ciudadanos e instituciones, cayendo incluso en el olvido. En Buenavista del Norte, al noroeste de Tenerife, se encuentran dos claros ejemplos de estos edificios, con claras diferencias entre uno y otro. Los visitamos.



El adelantado Alonso Fernández de Lugo cedió a Diego de Cala, en 1498, unas tierras situadas en la Fuente del Cuervo.  En 1501, esas tierras pasan a manos de Juan Méndez, el Viejo, quien establecerá allí la Hacienda de La Fuente y fundará, en 1513, el pueblo de Buenavista, cuya distribución urbana se articuló a partir de esa hacienda.

El tiempo ha hecho mella en la finca, y lo que en su día fue un esbelto edificio, símbolo de la nobleza buenavistera, hoy no es más que una casa ruinosa y marginada por el colosal hotel de lujo que le hace sombra justo a su lado.






Los cristales arrancados de las coquetas ventanas de madera yacen en un suelo empedrado con callados de la costa que es devorado por el matorral que rodea la casa. A lo lejos se escuchan los ladridos de los perros, atentos al mínimo movimiento que viole la tranquilidad del lugar. Las moscas revolotean el camino, mientras los lagartos cruzan atemorizados entre la maleza.




A pesar de todo, el ruido de la maquinaria de obra nos invita a ser optimistas de cara al futuro. Hay movimiento dentro de la hacienda. Está en marcha el rescate de un pilar fundamental en la historia de un pueblo. Brindemos por ello.



De camino a Los Silos, al pie del macizo de Teno, nos encontramos con San Juan de Taco, otra hacienda del pasado de Buenavista, que comenzó a edificarse en 1591. Por lo menos, a primera vista, se aprecia una mejor conservación del inmueble que el de La Fuente. El problema es que, en este caso, vecinos y visitantes no podremos acceder a ella, por lo menos, en algún tiempo. Su titularidad privada nos lo impide. Casas llenas de arte y abandonadas. Grave paradoja.




Las moscas son, también aquí, las guardianas del lugar. Pareciera que nos quieren echar de Taco, porque la hacienda les pertenece. Alguna abeja también se cruza en el camino, pero sin ánimo de molestar. Los perros, resignados a luchar contra el sofocante calor, toman el sol detrás de sus celdas.



El tiempo se detiene en Taco. Nosotros nos vamos, con cuidado, temerosos de romper el hechizo. De donde no queremos marcharnos es de este mundo sin poder contemplar las entrañas de esta casona y desempolvar la historia que guarda en su interior.


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