Daniel Pinelo
La Iglesia necesita un cambio. Sí, un cambio, que no tiene por qué significar acometer reformas radicales (más que nada, porque podría acabar con la propia institución) o precipitadas. Necesita un cambio para ser fiel al mensaje que anunció, haces unos dos mil años, un joven palestino con alma divina. El cambio es necesario para la llamada "Nueva Evangelización", para acrecentar la fe de los creyentes y para aumentar las vocaciones (religiosas o laicas).
Ayer, la elección de un papa jesuita, latinoamericano y, sobre todo, humilde, significó un gran avance para emprender esta compleja y ardua tarea del cambio. A priori, parece ser el líder terrenal que necesita la Iglesia. Lejos han de quedar los lujos y la hipocresía de antiguos pontífices que chocaban frontalmente con la doctrina de Jesucristo. El cardenal Bergoglio comenzaba su Pontificado desde el balcón central de la Basílica petrina con austeridad, sin crucifijo de oro ni muceta, y usando la estola solo para impartir el Urbi et Orbi. Pero, sin duda, el gran momento de su presentación a pueblo de Roma y la Iglesia universal fue cuando pidió, antes de dar la bendición, que los fieles congregados en San Pedro pidieran a Dios para que bendijera primero a él, al papa Francisco.
Tres tareas fundamentales tiene que afrontar ahora Bergoglio para iniciar el gran cambio. La primera, limpiar la Curia Romana y quitarse de en medio a los "lobos" que parecen haberse equivocado de vocación. La segunda, ayudar a esclarecer los casos de pederastia, apartar de su ministerio a todos los sacerdotes implicados y contribuir en la investigación de cada caso. Y la tercera, restarle poder e influencia a la Banca Vaticana y destinar gran parte de su dinero a las misiones humanitarias y evangelizadoras. Solo así, la Iglesia podrá encaminar su futuro a conseguir la unión de todo el cristianismo y recuperar el prestigio y credibilidad de una sociedad mundial, cada vez más secularizada y enferma de valores morales.
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