"En la Villa de Los Silos desde la antevíspera hasta la tarde del día nueve casi no se dormía. Las parrandas, los bailes se sucedían ininterrumpidamente, amenizados por instrumentos de cuerda, flauta y tambor, castañuelas, panderetas y acordeones que traían vecinos de Icod, bailando el corrido."
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| La Víspera, vista por Diston en el siglo XIX |
Hoy, el panorama de la tarde del 7 de septiembre es bien distinto. Del grabado que Alfred Diston hizo desde la ladera de la montaña de Aregume durante la Víspera de las Fiestas en el siglo XIX no queda prácticamente nada. Las parrandas, los arcos de frutas, las libreas, el tajaraste y las corridas de vaquillas han desaparecido. Ahora, la tarde del 7 de septiembre se vive desde la expectación, aún con los ecos de la Elevación del día anterior y preparados para recibir a la Virgen en la calle un año después. Y es que la atención de este día se encuentra, como no podía ser de otra forma, en el templo parroquial. Son muchos los vecinos y visitantes que durante todo el día se acercan para contemplar a la Madre en su altar, vestida ya con las mejores galas para las Fiestas.
Por la noche, las campanas pregonan que la Patrona está a punto de bajar de su camarín (el mismo al que había subido el día anterior) para salir al encuentro de los silenses que abarrotan las inmediaciones de la iglesia. Es el hechizo de la Víspera. Una concurrida procesión baja por la calle grande y recorre el casco de Los Silos hasta llegar a la Avenida de Aregume, donde, en torno a la medianoche, los fuegos iluminan el oscuro cielo de la Villa. Con la nostalgia de unas antiguas malagueñas que ya no suenan, la Virgen regresa a su templo, ya dentro de su día grande, preparada para recibir mañana a los peregrinos llegados desde toda la comarca.

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