lunes, 9 de septiembre de 2013

El declive de las bibliotecas públicas. ¿Cómo paramos esto?

Javier Rodríguez

En tiempos de crisis moral (porque yo ya no creo en la económica) las subvenciones públicas del Estado siguen dando hachazos a diferentes sectores de la cultura. Hoy no hablamos del cine o de la música, sino de la peligrosa situación que padecen las bibliotecas públicas. Desde el 2011 los estudios realizados no sólo nos muestran la reducción que se ha hecho en las ayudas económicas, sino también ilustran la pérdida de lectores habituales en estos recintos. Ante esta situación, los puestos de trabajo también peligran, y los bibliotecarios deben recoger sus años de experiencia y abandonar el puesto de trabajo. Para contrarrestar este tipo de bajas se han inventado todo tipo de subcontratos, por llamarlos de alguna forma, en los que el trabajador hace su labor por amor al arte, y no recibe ninguna compensación por ello.

¿Y ahora, cómo paramos esto? Si hay algún espacio de carácter público donde el ciudadano puede tener acceso a la cultura es la biblioteca, pero estos ajustes se convierten en barreras inexpugnables que distancian la cultura del ciudadano da a pie. Entramos en una caída con “efecto dominó” en la que si las ayudas económicas se reducen, no se amplía la oferta de lectura, y si esto ocurre, los usuarios habituales abandonan las bibliotecas, buscando herramientas alternativas tan destructoras como las descargas ilegales por Internet.
Una imagen cada vez más común (Foto: Rincón del logos)

El famoso eBook, el libro electrónico, ha dejado hibernando a muchos lectores de biblioteca, ahora leyendo en sus casas, despreocupados por lo que pase en los espacios públicos de lectura. Hay una inmensidad de bibliotecas digitales que dejan descargar sus ejemplares de manera permanente y de la forma más cómoda y fácil, y esto conlleva un daño real del que debemos ser conscientes lo antes posibles.

No voy a ser yo un protestante tecnológico, soy uno de los primeros que lucha por una sociedad de libre información, pero habrá que madurar el daño que podemos causar a diferentes sectores, incluso de la manera más inocente.

El declive de las bibliotecas Canarias no se puede obviar, porque nos encontramos casos verdaderamente vergonzosos, que se salen de la lógica común. El pasado mes de Julio, la Alcaldesa de Telde, María del Carmen Castellano, dio una respuesta un tanto curiosa a un periodista que le preguntó sobre la situación de las bibliotecas, diciendo: "Las bibliotecas no dan nada de dinero, y hay catorce personas trabajando en ellas”.

María del Carmen Castellano tiene claro dónde recortar, y yo tengo aún más claro que con personas acusadas de malversación de fondos, como esta señora, no se puede contar. Ya no sólo son poco inteligentes sus palabras, sino también vergonzosas. Poco inteligentes porque una biblioteca nunca ha dado dinero, porque es un fin en sí mismo, y no sé si me explico bien con esta expresión. Un fin en sí mismo es algo que aporta pero no produce, y que no necesariamente deba estar en contra en un sistema capitalista y productivo hasta la médula. Las humanidades son un fin en sí mismo porque forman al individuo, lo pulen y lo proyectan hacia una sociedad que ahora está en su mejor momento, en una crisis de valores.

Si las bibliotecas tuvieran un mayor protagonismo, como lo tiene en otros países, posiblemente una crisis como la española no estaría ocurriendo. Posiblemente entenderíamos mejor el significado de las I+D+I, Investigación, Desarrollo e Innovación,  y nos daríamos cuenta de que para crecer hay que descubrir, y nos daríamos cuenta de que para gobernar hay que saber, y nos daríamos cuenta de que para acercarse a la madurez hay que leer. 

Si se leyera, no me encontraría frases tan desagradables como esta: "Los libros… ojalá fueran la alternativa al carbón…"

La lectura no da dinero, pero destapa un mundo emocional que te ayuda a enfrentarte con tu propia vida. Da seguridad, da imaginación, da felicidad, da la sensación de llegar con menos e irte con más. No dejemos morir algo tan básico como las bibliotecas, no permitamos que el ciudadano quede fuera de la cultura, no permitamos, al fin y al cabo, que nos roben una parte importante de nuestra vida.

Foto: Alquibla

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