Daniel Pinelo, San Cristóbal de La Laguna
Basta
con pararse a pensar un poco para darnos cuenta de las ventajas que nos ofrece
la globalización. Podemos saber lo que está ocurriendo en cualquier parte del
mundo con solo apretar una tecla; conocemos los líderes políticos de los
grandes países, tarareamos las canciones que arrasan en las listas musicales
nacionales… y también descubrimos culturas extranjeras. A priori, este último
factor nos resulta beneficioso, pues nunca está de más adquirir conocimientos
que hasta ahora nos resultaban ajenos. Una persona que, además de conocer las
tradiciones de su barrio sabe cómo festejan el año nuevo en China, posee más
riqueza cultural que aquella que se queda meramente en lo local. Pero el
problema aparece cuando esas culturas (entiéndase tradiciones o celebraciones
festivas) las asimilamos de tal manera que ensombrecen a las que, hasta ahora,
teníamos como propias.
Es lo
que viene pasando desde hace varios años con la implantación de Halloween en
España. La cultura (y el negocio) yanqui ha irrumpido de una manera tan brutal
en nuestro país que está amenazando la perduración en el tiempo de las
tradiciones más peculiares. Si nos centramos en Canarias, celebraciones como
los “finados”, el “rancho de Ánimas” o “los santitos” han perdido peso en el
panorama etnográfico otoñal de las Islas. La preocupación que conlleva este
hecho aumenta cuando caemos en la cuenta de que donde la celebración de
Halloween tiene más éxito es entre los más jóvenes, aquellos que, precisamente,
están llamados a perpetuar las tradiciones.
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| El "pan por Dios" aún se conserva en Los Silos (T.E. Los Silos Natural) |
Las
costumbres en torno al 1 y 2 de noviembre, días en los que conmemoramos a
nuestros seres queridos difuntos, también tienen su hueco en el noroeste de
Tenerife, desde San Juan de la Rambla a Buenavista. Aunque no hay datos cien
por cien fiables, hay indicios de que la celebración del pan por Dios tiene su
origen a principios del siglo XIX, cuando la propagación de la fiebre amarilla
afectó gravemente a Tenerife. Pensando la población de aquel entonces que esta
enfermedad estaba propiciada por la contaminación de los granos de trigo, se
erradicaron esas cosechas. Los lugareños más pobres fueron presa de la
hambruna, por lo que se vieron en la necesidad de pedir en las puertas de las
casas más pudientes pan (trigo) por la caridad de Dios para evitar la muerte,
es decir, el “pan por Dios” que cada 1 de noviembre piden los niños en las
calles de nuestros pueblos. Los tiempos han cambiado y ahora, en vez de trigo,
los más pequeños reciben golosinas, cotufas, frutos secos o naranjas. Somos muchos
los que todavía recordamos la emoción con la que nos levantábamos ese día para
ir a tocar a las casas de los vecinos y, también, a la de nuestros abuelos y
tíos, donde teníamos una exitosa recaudación asegurada.
La
globalización abre nuestras mentes, pero también puede desposeernos de nuestros
bienes inmateriales más preciados, aquellos que constituyen la identidad de
nuestros pueblos. Aunque haya ciertas similitudes, el “pan por Dios” no es una
adaptación de Halloween, por lo que no se puede justificar la 'americanización'
del día de los difuntos en nuestros pueblos. Por tanto, en Canarias, o por lo
menos en la Isla Baja, decimos “no a Halloween”.

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