jueves, 31 de octubre de 2013

Cuando la cultura de fuera se convierte en una amenaza

Daniel Pinelo, San Cristóbal de La Laguna

Basta con pararse a pensar un poco para darnos cuenta de las ventajas que nos ofrece la globalización. Podemos saber lo que está ocurriendo en cualquier parte del mundo con solo apretar una tecla; conocemos los líderes políticos de los grandes países, tarareamos las canciones que arrasan en las listas musicales nacionales… y también descubrimos culturas extranjeras. A priori, este último factor nos resulta beneficioso, pues nunca está de más adquirir conocimientos que hasta ahora nos resultaban ajenos. Una persona que, además de conocer las tradiciones de su barrio sabe cómo festejan el año nuevo en China, posee más riqueza cultural que aquella que se queda meramente en lo local. Pero el problema aparece cuando esas culturas (entiéndase tradiciones o celebraciones festivas) las asimilamos de tal manera que ensombrecen a las que, hasta ahora, teníamos como propias.

Es lo que viene pasando desde hace varios años con la implantación de Halloween en España. La cultura (y el negocio) yanqui ha irrumpido de una manera tan brutal en nuestro país que está amenazando la perduración en el tiempo de las tradiciones más peculiares. Si nos centramos en Canarias, celebraciones como los “finados”, el “rancho de Ánimas” o “los santitos” han perdido peso en el panorama etnográfico otoñal de las Islas. La preocupación que conlleva este hecho aumenta cuando caemos en la cuenta de que donde la celebración de Halloween tiene más éxito es entre los más jóvenes, aquellos que, precisamente, están llamados a perpetuar las tradiciones.

El "pan por Dios" aún se conserva en  Los Silos (T.E. Los Silos Natural)
Las costumbres en torno al 1 y 2 de noviembre, días en los que conmemoramos a nuestros seres queridos difuntos, también tienen su hueco en el noroeste de Tenerife, desde San Juan de la Rambla a Buenavista. Aunque no hay datos cien por cien fiables, hay indicios de que la celebración del pan por Dios tiene su origen a principios del siglo XIX, cuando la propagación de la fiebre amarilla afectó gravemente a Tenerife. Pensando la población de aquel entonces que esta enfermedad estaba propiciada por la contaminación de los granos de trigo, se erradicaron esas cosechas. Los lugareños más pobres fueron presa de la hambruna, por lo que se vieron en la necesidad de pedir en las puertas de las casas más pudientes pan (trigo) por la caridad de Dios para evitar la muerte, es decir, el “pan por Dios” que cada 1 de noviembre piden los niños en las calles de nuestros pueblos. Los tiempos han cambiado y ahora, en vez de trigo, los más pequeños reciben golosinas, cotufas, frutos secos o naranjas. Somos muchos los que todavía recordamos la emoción con la que nos levantábamos ese día para ir a tocar a las casas de los vecinos y, también, a la de nuestros abuelos y tíos, donde teníamos una exitosa recaudación asegurada.

La globalización abre nuestras mentes, pero también puede desposeernos de nuestros bienes inmateriales más preciados, aquellos que constituyen la identidad de nuestros pueblos. Aunque haya ciertas similitudes, el “pan por Dios” no es una adaptación de Halloween, por lo que no se puede justificar la 'americanización' del día de los difuntos en nuestros pueblos. Por tanto, en Canarias, o por lo menos en la Isla Baja, decimos “no a Halloween”.

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